Tokyo huele a comida. Y sabe a rammel, y a judías dulces. Suena a miles de melodías repetitivas e inaguantables, y a “anunciadores” de estaciones. También suena a silencio. Al principio es áspera, pero en poco tiempo se suaviza muchísimo. Y, según mis ojos, es infinita, inmensa, y totalmente irregular a la vez que totalmente homogénea. Sí, contrastes. Infinitos contrastes. Inacabables.
Japón son montañas. Japón es rugoso. Excepto unas poquitas veces que se suaviza. Porque también tienen que nacer ciudades. También le gusta mucho bailar. Pero, a pesar de todo, los japoneses viven allí. Han aprendido a entender a su país.
Han construido su país a base de sangre, sudor y lágrimas. A base de entregar su vida al resto. A base de vivir para los demás. Renovándose, una y otra vez, y resurgiendo de las cenizas, cada vez con más fuerza. Con una fuerza de voluntad colectiva y voluntaria nunca vista antes. Y con una cultura única, que nos cuesta entender. Y a ellos la nuestra.
Y ahora Madrid es distinto. España es distinta.
O simplemente es que soy yo la que he cambiado.








Arigato Gozaimas.









